Foto: Andrés Prieto
La ocasión ameritaba despliegue periodístico y naturalmente el programa Picantísimo no podía quedar afuera, menos ante la cantaleta del asistente -muy famoso por su persistencia y amor por las mujeres bellas-. Efectivamente, partió raudo para el sitio de recepción a cubrir el compromiso y lo hizo con lujo de detalles. Entusiasmo, alegría, festejo. La nueva señorita Colombia se regodeó hablando -de por sí es una de sus características- y como era de esperarse, los políticos de turno reclamaron ante los micrófonos parte del éxito de la bella mujer. Especialmente uno de ellos.Pasada la euforia del momento regresó mi pilo asistente a su sede con cara de tristeza, meditabundo y cabizbajo, características insólitas en él. Pero bueno, ¿qué sucedió si la transmisión resultó impecable? Es más, ¡felicitaciones! Nada, él seguía igual de deprimido.
Luego de mucho insistirle aceptó hablar sobre la razón de su estado de ánimo. Encontrándose allí en un ladito del salón viendo los festejos, se le acercó el funcionario público más importante de la reunión a preguntarle tonterías. Entre una y otra lo fue alejando del bullicio y la algarabía hasta arrinconarlo y ponerlo contra la pared.
Cuando estuvo así y en un arrebato de entusiasmo, el máximo dirigente capitalino le echó la mano al ‘bulto’ y de una vez le propuso salir a divertirse un rato. En medio del atolondramiento que le causó tan insólita e inesperada situación, mi asistente apenas alcanzó a balbucear:
-“No se equivoque señor, porque yo soy todo un varón”.
-“Precisamente por eso lo estoy invitando”, le contestó el personaje de marras. Y continuaba el acercamiento.
Por esas cosas del destino y un ángelito cuidandero, mi asistente pudo escapar y conservar su virilidad. Pero eso sí, para superar la depresión necesitó de varios meses y aún hoy cuando recuerda el episodio casi que llora de la rabia y la decepción.